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DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO (día 10 de junio)

Salmo 129, 1-8

“Del Señor viene la misericordia, la salvación copiosa”

1 Desde lo hondo a ti grito, Señor;

2 Señor, escucha mi voz;

estén tus oídos atentos

a la voz de mi súplica.

3 Si llevas cuenta de los delitos, Señor,

¿quién podrá resistir?

4 Pero de ti procede el perdón,

y así infundes temor.

5 Mi alma espera en el Señor,

espera en su palabra;

6 mi alma aguarda al Señor,

más que el centinela la aurora.

7 Aguarde Israel al Señor,

como el centinela la aurora;

Porque del Señor viene la misericordia,

la redención copiosa;

8 y él redimirá a Israel

de todos sus delitos.

 

 

El salmista acude a Dios (vv. 1-2), está convencido de que Dios le escucha y perdona (vv. 3-6), y quiere convencer al pueblo para que confíe también en Dios, porque de Él viene la misericordia (vv. 7-8).

 

El salmista desde lo más profundo, desde su condición humana (desde sus tinieblas interiores, desde sus dudas, sus indecisiones, sus temores, etc.) clama a Dios, expresa como se siente y le pide que escuche su voz. En su debilidad sabe que Dios está de su parte y eso le da fuerzas para acercarse confiadamente al que le puede devolver la vida espiritual. Acude a Él con la esperanza de ser perdonado, escuchado, animado… Ha descubierto que Dios manifiesta su poder con el perdón y así gana el respeto. Espera y aguarda al Señor con más ansia que los centinelas a la aurora. Expresa su plena confianza en la salvación de Dios; Invita a Israel a aguardar al Señor porque el Señor es misericordia.

 

El Dios que nos presenta este salmo es un Dios que escucha, perdona, convierte en luz nuestra oscuridad, en vida nuestras situaciones de muerte. Dios que manifiesta su poder con el perdón y la misericordia.

 

Al rezar este salmo, presentamos a Dios todos los recovecos de nuestra realidad, para que él los mire con ojos de misericordia, fortalezca nuestras debilidades y debilite nuestras resistencia a vivir la vida como Proyecto.